RECORRIDO NOCTURNO POR SANTIAGO.

 

Viernes 5.30 am. Voy rumbo a Maipú, la República Independiente Separatista y Subversiva de Maipú.

Como todas las noches con sabor a madrugada, cada vez que me voy sintiendo ebrio, camino hacia la avenida principal más cercana y casi por instinto hago parar la micro que venga, uno de los beneficios más grandes de este sistema de transporte es que durante toda la noche pasan micros que de una manera u otra te dejan en la Alameda (la avenida del dictador). Y casi a modo de competencia de posta, estos buses con chasis de camión me llevan rumbo a mi eterno destino, y por decirlo de algún modo, es también uno de los beneficios más importantes de vivir cerca de una “avenida grande”, Pajaritos en mi caso.

Recuerdo una ocasión en que andaba por Independencia, cercano a Nueva de Matte, caminé a tumbos por la vereda, tratando de esconder mi estado etílico tras un pucho y el tarareo de una canción. Luego de avanzar un par de cuadras llegué a Av . Independencia. Después de “conversar” un rato con una pareja de perros callejeros y recoger un par de colillas del suelo, veo venir a lo lejos la flamante 304 (Maipú-Independencia), un viejo navío petrolero, ese ruidoso bus armado sobre un chasis de camión el cual ataca sin piedad los riñones de sus pasajeros. Sin dudarlo la hago parar, meto mi mano al bolsillo, para asombro mío, solo tenía cien pesos. Con un esfuerzo sobrehumano trato de modular y le pido al chófer que me lleve por la mínima, me queda mirando y hace un leve movimiento de aceptación con su cabeza y me embarco en el viaje. Subo a la vieja máquina en dirección a la República Independiente y para asombro (pero no sorpresa) venía convertida en una cantina, casi repleta de un puñado de personas bebiendo, fumando, riendo y cantando al son de las cumbias que sonaban desde los parlantes de la micro. Al llegar a Mapocho, los festivos pasajeros descienden y quedamos solo un par de borrachos a bordo, el recorrido continúa por calle San Martín en dirección a la Alameda. Al llegar a la avenida principal de esta ciudad vuelve a convertirse en cantina nuestro navío petrolero, y continúa el viaje hacia la República Independiente Separatista y Subversiva, fuerte y derecho, llevando por monedas sueltas a cuanto peatón lo solicite. Forjando historias sórdidas de romances perdidos que desaparecerán de la memoria a la mañana siguiente, escenario perfecto para una película de bajo presupuesto con un atroz final. Y finalmente llegamos, luego de dormir a saltos y arreglar el mundo en eternas conversaciones conmigo mismo, llegamos al paradero nueve de Pajaritos, tiro la cuerda que acciona el timbre, se detiene la micro y con violencia se abren las puertas, me bajo y camino en dirección a mi destino.

Como un bus fantasma atravesando la ciudad, mirando la cara oculta que sale a relucir cada fin de semana, esa cara maltratada, esa cara golpeada y con hálito alcohólico, la que durante el día y la semana se esconde tras un trabajo mal pagado y agotador, esa cara que se esconde tras un puñado de sueños rotos y sale a evadirse de la frustración cotidiana. Santiago, ciudad capital de la sinvergüenza, desde acá te miro, te siento, te respiro y veo que en estos últimos quince años poco has cambiado. Santiago, como te odio y te amo a la vez…